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Portada y Puro

Tema en 'La taberna' comenzado por marcegarri, 16 de Diciembre de 2009.

  1. Agus1969

    Agus1969 Gran Maestro

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    Amigo Santiago, te felicito una vez mas porque me has tenido enganchado un rato a la pantalla con tu relato.

    Como muy bien dice Ricardo, tus relatos tienen truco, malvado !

    La ausencia de puntos y aparte provoca que tengas que leer de principio a fin, imposible leer en vertical, imposible saltarse nada ...

    Esta claro que tienes un don para escribir y te agradezco que lo compartas de tanto en tanto, menos de lo que quisieramos, con el foro.

    Gracias Santi y un abrazo.
     
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  2. santiago_madrid

    santiago_madrid Belicoso

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    Muchas, muchas gracias a todos, amigos.


    Mi truco es muy sencillo, Agus:



    Para escribir, lo primero de lo que hay que desprenderse es del pudor.
     
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  3. Jerry--

    Jerry-- Maestro

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    Gracias Santiago, excelente!!!!!
     
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  4. El Mochuelo

    El Mochuelo Robusto

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    Estoy leyendo uno que me encontré citado en otro hilo de este foro, aquí va un texto de los que aparecen reunidos en “La cocina cristiana de Occidente”.

    Historia del café

    Joan Perucho ha escrito un delicioso libro, Historia del café. “Licor amado por el poeta, que faltó a Virgilio y que Voltaire adoró”. Partiendo de la etimología que da Corominas –el turco kahve que viene a su vez del árabe qahwa, que también significa vino-, y aludiendo a que quizás Helena servía café a Telémaco, pues la Odisea nos enseña que la hermosísima recibía de la egipcia Plydama una planta maravillosa que “alejaba del corazón la tristeza, la ira y hacía olvidar”, Perucho nos cuenta el viaje del café por las Europas, y su llegada a las Indias, pasando por Constantinopla, y por Venecia, que fue quien nos enseñó a tomar café. Últimamente son muchos investigadores los que afirman el origen abisinio del café, del que la Edad Media tuvo noticia, pero exclusivamente de sus virtudes medicinales, como lo prueban aquellos versos recopilados por Arnau de Vilanova, vigentes en la Escuela de Salerno, peritísima en pulsos y sangrías:

    COFFOEUM:
    Impedit atque facit somnos, capitisque dolores.
    Tollere coffoeum movit, stomachique vapores.

    Sabido es que, cuando el Segundo sitio de Viena, en el siglo XVII, el Gran Visir de la Puerta, Kara Mustapha, dejó abandonados en el campo, al retirarse, cerca de quinientos sacos de café. Nadie sabía para qué servían aquellos granos, excepto un tal Kolczycki, un espía polaco a sueldo de los imperiales, quien consiguió de Jan Sobieski que le cediera aquella parte del botín. Abrió el polaco una posada en Viena, con el nombre de “La botella azul”. Y siendo muy amargo para los vieneses el café de Kolczycki, éste le añadió un poco de crema de leche, con lo cual se inventó el café vienés. En Italia, el café entró por dos caminos: el que bajaba de Viena –los suizos de los Grisones fueron los primeros que abrieron en Italia establecimientos para servir café-, y el del mar, que señoreaba Venecia. Los venecianos fueron quienes verdaderamente enseñaron a Europa a tomar café. Cuatro condiciones fueron establecidas por los vénetos: “Dulce como el amor, puro como un ángel, negro como el demonio y caliente como el infierno”. Yo me atengo a Venecia, y apruebo sin reservas la resolución del Papa Clemente VIII, resolviendo la duda teológico-moral de si era lícito a los cristianos el gustar una bebida mahometana. El Pontífice dijo que sí y que era tan buena la bebida que no podía quedar en uso exclusivo de infieles. Fue el primer Papa que bebió café. El siglo XVII conoció la expansión del café por Europa. En el XVIII llegó a España, y de ese mismo siglo son las primeras plantaciones en Indias, en la Guayana holandesa y en la Martinica. La primera plantación de café en Cuba fue hecha por un catalán, Josep Antoni Gelabert, en 1743, en las tierras de Najay…
    Al final de su libro, Joan Perucho habla del café en la magia. Esto pide otro apartado. Collin de Plancy, en su Diccionario Infernal, es el primero en tratar con amplitud el asunto. Yo he seguido al francés en algunos ejercicios mánticos, y una vez adiviné que el coche de línea de Lugo a Mondoñedo por Cospeito iba a caer un jueves por un terraplén. Dejé de viajar los jueves, y me salvé, porque el coche volcó, como estaba previsto.
    Álvaro Cunqueiro. La cocina cristiana de Occidente. Tusquets Editores.

    El libro de Joan Perucho, Historia del café. lo editó la sociedad Nestlé en el año 1968.
     
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  5. Pablo Javier Sevilla

    Pablo Javier Sevilla Aprendiz

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    Gracias Santiago, excelente relato...
    Siempre es enriquecedor leerte.
    Gran observador te imagino!

    Y gracias Mochuelo por tu historia del Cafe...
     
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  6. siboney

    siboney Epicur

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    Gracias Santiago por el regalo, me ha recordado una de mis lecturas pendientes: la Saga/Fuga de J.B. (Torrente--Ballester) quizá haya llegado el momento. Aunque también tengo pendiente a Vargas Llosa.
    No sé, me pasa con la literatura igual que con los puros, hay más obras maestras de las que voy ser capaz de catar.

    Gracias también por lo del café Mochuelo, no es ni de lejos el mejor texto de ese libro, pero interesa por los datos históricos. Para mí el café es como el Rey Baltasar , el rey negro de las sobremesas. Continuando con la tontería el rey Gaspar sería el de las copas y Melchor el de los humos, o sea, de los puros.

    Pues eso, buenos humos.
     
  7. santiago_madrid

    santiago_madrid Belicoso

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    La Saga/Fuga de J.B. es indescriptiblemente buena, palabras mayores. Pero hay que acercarse a ella sin prejuicios ni prisas. ¡Que la disfrutes!
     
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  8. El Mochuelo

    El Mochuelo Robusto

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    Tarde de calor en Barcelona, despidiendo un petit Edmundo, y leyendo Marcovaldo

    ...Había, en una esquina de la plaza, bajo una bóveda de castaños de Indias, un banco apartado y medio escondido. Y Marcovaldo ya le había echado el ojo. En aquellas noches de estío, cuando en la habitación donde dormían cinco no lograba conciliar el sueño, anhelaba el banco como quien, sin techo donde cobijarse, pueda soñar la cama de un palacio. Una noche, a la chita callando, mientras roncaba la muer y los chicos coceaban en sueños, saltó de la cama, se vistió, se puso bajo el brazo la almohada, salió y tomó el camino de la plaza.

    Allá estaban el fresco y la paz. Saboreaba de antemano el contacto de aquellas tablas de una madera –seguro estaba- muelle y acogedora, preferible, de todas todas, al machucado colchón de su cama; se quedaría mirando un minuto a las estrellas y los ojos se le cerrarían en un sueño reparador de tantos atropellos de la jornada.

    Fresco y paz allá estaban, pero no libre el banco. Lo ocupaban dos novios mirándose a los ojos. Marcovaldo, discreto, se retiró. “Es tarde –pensó-, ¡no van a pasarse la noche al sereno! ¡Ya acabará el zureo!”

    Pero aquellos dos no estaban zureando: se peleaban. Y tratándose de dos enamorados, una pelea nunca se puede decir a qué hora acabará.

    Decía el: -¿Pero tú no vas a admitir que, diciendo lo que has dicho, sabías que me dabas un disgusto, y no gusto como aparentabas creer?

    Marcovaldo comprendió que había para rato.

    -No, no lo admito –respondió ella, y Marcovaldo ya se lo suponía.

    -¿Por qué no lo admites?

    -No lo admitiré jamás.

    “Ay”, pensó Marcovaldo. Con su almohada bajo el brazo, marchó a dar una vuelta. Se fue a contemplar la luna, que aparecía llena, grande sobre árboles y tejados. Regresó hacia el banco, rodeándolo desde lejos por no estorbarles, aunque en el fondo esperando que se sintieran molestos y se decidiesen a largarse. Pero estaban demasiado entregados a la discusión para darse cuenta de él.

    -¿Lo admites, sí o no?

    -¡No, no, no lo admito en absoluto!

    -¿Pero admitiendo que lo admitieras?

    -¡Admitiendo que lo admitiera, no admitiría lo que intentas hacer que admita!

    Marcovaldo volvió a mirar para la luna, luego se fue a mirar un semáforo que quedaba poco más allá. El semáforo señalaba amarillo, amarillo, amarillo, sin parar de encenderse y volverse a encender. Marcovaldo cotejó la luna y el semáforo. La luna con su palidez misteriosa, amarilla también, pero más bien verde y algo azul, y el semáforo con aquel amarillejo vulgar. Y la luna tan serena, irradiando su luz sin prisas, veteada de vez en cuando por sutiles restos de nubes, que ella con majestad dejaba caer a su espalda; y el semáforo entretanto sin acabar con su enciende y apaga, enciende y apaga afanoso, falsamente vivaz, aburrido y esclavo.

    Regresó para ver si la muchacha había admitido: ni hablar, no admitía, es más, no era ya ella la que no admitía, sino él. La situación estaba enteramente cambiada, y era ella la que decía a él: -Bueno, ¿lo admites? –y él que nones. Así pasó media hora. Por fin él admitió, o ella, la cuestión es que Marcovaldo les vio incorporarse y marchar cogidos de la mano.

    Corrió al banco, se dejó caer en él, pero la verdad tras tanta espera, algo de aquella delicia que esperaba encontrar ya no estaba en condiciones de sentirla, e incluso la cama de su casa no la recordaba ya tan dura…

    Italo Calvino
    Marcovaldo
    o sea las estaciones en la ciudad
     
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  9. marcegarri

    marcegarri Maestro

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    Os subo una fotito del librito que estoy a puntito de terminar..., Mauricio o las elecciones primarias, de Eduardo Mendoza. Simpático y entretenido de leer, como casi todo lo que escribe este señor. Lo acompaña un pequeño gran cigarro, el epicures de H. Upmann

    Salu2. Marce
     

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  10. aluxebalam

    aluxebalam Maestro

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    Todas las semanas aprendo algo nuevo y útil en Foropuros. Esto es lo mejor que aprendí la semana pasada:

    Gracias Santiago!
     
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